sábado, 13 de abril de 2013

Economía y actividad artística


 
Es clásico reconocer que el ritmo propio de la evolución económica ha sido siempre el de una fluctuación continua, pudiendo variar la  longitud de sus ciclos o la intensidad de sus propias variaciones. Y ello es así tanto si se observa desde un plano global, internacional, como en el nivel más restringido de la economía nacional, así como también en el ámbito de nuestras propias economías individuales y familiares.
A quienes hemos vivido esta experiencia en diversas ocasiones a lo largo de nuestra vida no nos cabe ninguna duda sobre la existencia  de tales oscilaciones, en cuya base existen factores primarios ligados a la propia libertad personal, con el consiguiente riesgo de errar, así como a nuestras propias condiciones biológicas que en sí mismas ya llevan inscrito un ritmo definido, con tiempos para el crecimiento, para la estabilización y para el declive.

Aunque a otra escala, lo mismo ocurre en los pequeños grupos y asociaciones, que a menudo reproducen un patrón semejante al biológico, porque está basado en decisiones personales. A un nivel más alto aparecen otros grupos, lobbys, corporaciones, que se reparten parcelas distintas de la economía, todos ellos dirigidos por específicos comités en los que cuesta ya identificar un ritmo biológico, así como la existencia de verdadera libertad, al estar todos ellos completamente interconectados a través de la tupida red de intereses que ellos manejan. Es en estos niveles donde empiezan las zonas de penumbra o de sombra intensa, cuando todo se hace más opaco e inaccesible, permitiendo el paso hacia lo incontrolado, lo arbitrario, lo incomprensible.
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Tanto las fases expansivas como las de recesión tienen sus específicos modos  de repercutir sobre la actividad artística, que es en realidad el sujeto de estas reflexiones. Estos modos no son unívocos, pudiendo detectarse aspectos positivos y negativos en ambas situaciones.
Durante las fases expansivas se observa una mayor alegría, porque en ellas participan muchas personas, que alcanzan superiores niveles de vida, lo que les permite acceder a unos servicios y comodidades que hacen más confortable la existencia. Como los beneficios de los principales sectores se extienden a otros más secundarios, se provoca un efecto locomotora, que mejora la producción en prácticamente  todos los sectores y la generación de riqueza para todos.
Para el artista ello supone un mayor movimiento en cuanto a exposiciones, con el consiguiente aumento de las ventas, lo que automáticamente obliga a aumentar la producción, al menos en cantidad, lo que puede ser un obstáculo para el avance cualitativo. Cuanto "todo" se vende es relativamente fácil caer en cierta atonía creativa,  cuando no en una excesiva autosuficiencia, actitud poco propicia a una evolución ascendente. Pero al mismo tiempo estas situaciones nos permiten alcanzar, al menos en la técnica que nos ocupa, la acuarela, una mayor soltura en la ejecución técnica, fundamental para gozar de la frescura que le es propia.
Si, fruto de la casualidad, el tiempo de aparición de las ondas expansivas coinciden cronológicamente con las fases de plenitud biológica del artista, pueden obtenerse unos resultados remarcables, con lo cual se puede consolidar un valioso corpus artístico.
No parece oportuno en tales circunstancias de optimismo colectivo recordar nuestras propias limitaciones humanas, romper así la magia del momento, estropear la fiesta común, que cada parcela del mundo artístico vive de forma distinta, con su particular modo de proceder, que no siempre resulta ejemplar. En cualquier caso, siempre queda la posibilidad de aprender de los errores que puedan haber provocado tales excesos de optimismo.
Por el contrario, durante las fases de recesión aparecen otra serie de fenómenos, que en su conjunto revisten tintes más bien tristes, deprimentes en algunos casos, con un denominador común que es la caída de la actividad expositiva, las ventas y los ingresos con ellas asociados.
No hace falta explicar muchos detalles sobre esta situación, que es la que estamos viviendo ya desde hace años en nuestro país, afectando a todos los sectores económicos hasta niveles no conocidos desde hace muchas décadas.
Entre los artistas plásticos, y no sólo entre ellos,  se ha extendido como una densa niebla que no permite ver con suficiente claridad nuestro entorno. Todo lleva un mismo mensaje, siempre victimista o pesimista ante la incierto de la salida. La interminable lista de conocidas galerías que ya han cerrado o están a punto de hacerlo, la evolución de ventas a niveles preocupantes para su supervivencia, con la inevitable tentación de forzar nuevas condiciones contractuales con sus artistas, cambios que por lo general van siempre en detrimento de estos últimos, que siempre son el eslabón más frágil de la cadena.
Algunas personas con experiencia y ánimo constructivo sugieren que tales momentos son los más adecuados para tratar de pintar con mayor calma y precisión, pudiendo realizar así obra de mayor nivel artístico. Sin duda que algunos artistas también lo sienten así y lo consiguen, aunque tras el contacto con otros pintores tengo la impresión de que no son las reacciones habituales, siendo más corriente la reducción del ritmo de producción, a veces hasta un nivel que pone en riesgo la propia continuidad.
Tales reacciones son muy comprensibles, fruto de un ánimo depresivo que provocaría un desinterés hacia la propia actividad, con la subsiguiente falta de estímulo para la realización de nuevas obras, la apertura de nuevos proyectos. Las dificultades se acrecientan entre aquellos artistas cuya economía depende exclusivamente de su propia actividad artística, agudizándose más entre los cincuenta y sesenta años, cuando suelen ser mayores las necesidades familiares.
Pero es que también se resienten los ánimos de los jóvenes que se sitúan ante la disyuntiva de dedicarse o no al Arte, que ellos viven con un lógico desasosiego y que a mí me produce especial tristeza cuando lo pienso. Es cierto que la falta de expectativas para los jóvenes no es exclusiva del sector artístico. También es verdad que el conocimiento y la práctica de cualquier técnica artística es siempre enriquecedora a nivel personal. Como lo es que la conocida expresión “trabajar por amor al arte” debe tener sus motivos.
Pero siempre le acecha a uno la duda, vistos los innumerables problemas que se les presentan con tal  decisión, de si no será mejor desaconsejar la elección, de si no les estaremos haciendo un flaco favor cuando les invitamos a participar, a pintar, más aun si se trata de acuarela, que siempre ha sido la menos favorecida por las preferencias de los que visitan las galerías de arte o coleccionan pintura.

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